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La Nueva Derecha, la Segunda Transición, Heráclito y C’s

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Da la impresión de que la palabra “derecha” lleva hoy, en España, ineludiblemente aparejada la carga afectiva antes reservada para la expresión “extrema derecha”. Al costado contrario, la izquierda es de izquierdas, y la extrema izquierda, sin embargo —y sin pudor alguno— es de izquierdas a secas sin más aditamentos peyorativos. De ahí, que tanto el Partido Popular como Ciudadanos pretendan gobernar “este país” (como gustan decir las izquierdas) desde “el centro”, no osando traspasar el zaguán de la derecha, quedándose, a la corriente, en el zaguanete del centro-derecha.

Y este autor se pregunta: ¿Por qué milagro político-geométrico una izquierda sin derecha puede todavía segregar un centro? Complejos aparte, la reticencia de las derechas españolas a definirse como tal tiene diversas causas, que superan a esta humilde plancha. La más ideológica consiste en asimilar al “fascismo” toda doctrina de derecha que se afirma con cierto vigor o vehemencia. Nuestra sociedad política —y, por ende, nuestra ciudadanía— ofrece así el espectáculo asombroso de una derecha (la antigua y la moderna) que no puede afirmarse como tal sin verse tachada de “fascismo” o de “facha”, y de una izquierda (PSOE) y una extrema izquierda (Podemos, IU, Compromis, ERC, la CUP, En Marea y En Comú Podem) que pueden en todo momento calificarse de socialistas, comunistas, progresistas, de izquierdas, mientras afirman que sus doctrinas políticas nada tienen que ver con el bolchevismo, el maoísmo, el anarquismo, el sandinismo, el castrismo, el chavismo, el guevarismo o el anti-consumismo, ni con ninguna forma de socialismo históricamente realizado.

Se diría que las derechas españolas han perdido incluso las ganas de defenderse. Criticada, hostigada, zarandeada, escarnecida de todas las maneras posibles, permanece pasiva y prácticamente indiferente. Ante las acusaciones, se repliega, como un erizo maricomplejines, sobre sí misma. No obstante, no es de extrañar tal inhibición, fruto, principalmente, de la orfandad que sufren las derechas en relación a su acervo cultural y doctrinal transferible a su electorado potencial y votantes reales. Si no, ¿quiénes de ustedes —que no sea Jorge Verstrynge—, amables lectores, han leído a Alain de Benoist?

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La verdad es que las izquierdas sí han sabido siempre comprender que, no hay revolución ni cambio posible en el orden del poder político si las transformaciones que se tratan de provocar en el terreno de juego político no han tenido ya lugar previamente en las mentes de los acólitos reales y potenciales. Esto lo saben —y lo han practicado— bien el trío de politólogos: Monedero, Iglesias e Errejón.

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Todos sabemos —o deberíamos saber—  que las grandes revoluciones de la historia, empezando por la Revolución Francesa iniciada en 1789, o la Bolchevique de Lenin de 1917, o la Cultural Proletaria de Mao Zedong iniciada en 1966, han venido a concretar en el plano político una evolución llevada a cabo ya en los espíritus infundidos de unas determinadas ideas, dogmas y creencias. Es algo que comprendió muy bien el comunista italiano Antonio Gramsci (1891-1937), cuyas lecciones expresadas en sus Cuadernos de la cárcel, que redactó en su celda de la prisión de la isla de Útica, han aplicado los ideólogos y los dirigentes de Podemos. De ese modo, la subversión política del orden establecido no crea una situación, sólo la consagra. “Un grupo social —escribe Gramsci— puede e incluso debe ser ya dirigente antes de haber conquistado el poder gubernamental: es una de las condiciones esenciales para la conquista de ese poder”. Se nota que también han leído la obra de Willi Münzenberg (1889-1940), asesor del propio Lenin (durante su estancia durante la I Guerra Mundial en Suiza) y, uno de los fundadores del Partido Comunista Alemán (KPD) e inventor del Agit-Prop (la agitación y propaganda) comunista. De ahí que confíen en que mediante el sufragio se transpondrían, al plano de las instituciones y del sistema de gobierno, una evolución cultural ya consumada en las mentalidades (así se programa culturalmente y orquesta lo de los siniestros titiriteros ésos y lo de los subvencionados y adoctrinados guionistas “graciosos” de los Premios Goya; donde, simpáticamente, se mofaron del Ministro de Cultura del Gobierno en funciones, Íñigo Méndez de Vigo).

Entendámonos, queridos lectores, en puridad, no creo que haya realmente ideas políticas de derechas y de izquierda, pienso que hay un modo de derecha y otro de izquierda de sostener estas ideas. Dicho esto, la cuestión de saber si, personalmente, soy o no “de derechas” me es por completo indiferente. Por el momento, mis ideas políticas están más a la derecha que a la izquierda, pero no por eso han de ser necesariamente “de derechas”. Incluso, me es fácil imaginar situaciones en las que podrían estar a la izquierda de Alberto Garzón. Más exactamente, distingo tanto a la derecha como a la izquierda ideas que se corresponde con lo que pienso y con mi imago mundi políticos. La única diferencia, por el momento, es que a la derecha, entiendo se me reconocerían esas afinidades y a la izquierda se me negarían. Y eso, al menos, tiene algo de mérito en una época en que casi nadie —tanto en el PP como en C’s— consiente en admitir ser “de derechas” (o estar “a la derecha”).

Con ello no quiero significar que uno no sea —apelando al centro ése— “ni de derecha ni de izquierda”, lo que no quiere decir nada, sino que consiga superar tal dialéctica siendo —según en qué— de la derecha y de la izquierda. Creo que el porvenir político español pertenece a quienes sean capaces de pensar simultáneamente lo que hasta ahora sólo ha sido pensando contradictoria y antagónicamente.

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Dijo Heráclito de Éfeso (540-480 a. C.) en Sobre la naturaleza: “Dios es el día y la noche, el verano y el invierno, la guerra y la paz, el pan y el hambre”.

Algunos han pensado soslayar la dificultad afirmando que lo importante no es tanto el contenido de las ideas “de derecha” y “de izquierda” como el de las relaciones que entre esas ideas se establecen en un momento determinado. Así, podríamos definir esa derecha no —como hemos hecho siempre en España— en términos inmutables, sino como una posición relativa dentro de un sistema de tendencias y fuerzas políticas antagónicas (PP Vs. PSOE-Podemos-IU) más soberanistas/secesionistas.

Pienso que el partido de Albert Rivera podría hacer funcionar la idea de una Nueva Derecha de síntesis, capaz de superar ciertos antagonismos heredados del pasado, cuyo funesto albaceazgo viene desempeñando el esclerótico Partido Popular de Mariano Rajoy, y deseosa de situarse en posiciones más cercanas a los debates del momento de la Sociedad Civil española, y disputándole a la intelligentsia de las izquierdas, su monopolio cultural, expresado, por ejemplo, y, sin ir más lejos, en la mamarrachada anual ésa de la izquierdista gala de los Premios Goya del cine español, o en la deleznable, macabra, abyecta y obscena función de los titiriteros cenetistas/anarquistas ésos, contratados por la Concejalía de Cultura del Consistorio presidido por Manuela Carmena.

Recuérdese, que, como defendió Heráclito hace veinticinco siglos, todo —también, el centro-derecha y la derecha españoles— cambia constantemente, todo es devenir; todo es transición, la base del cambio es la lucha de los contrarios y su síntesis fundamental.

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¿Se sustanciará dicha síntesis en C’s y en “La Segunda Transición” (que comenzará a finales del mes de octubre de 2013 con “La Conjura del Goya” del Movimiento Ciudadano)?

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Ramón Guillén para Ciudadanía10

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Domingo del Corpus (con permiso de San Pelayo), la segunda vuelta del estafermo y equinoccios y solsticios

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Bueno, la función de circo político va tocando a retreta. De nada han ni están sirviendo, ni servirán, las idas y venidas de unos y otros, las lenguas fuera y los ir perdiendo —con perdón— el culo, amén de los papeles, y el ir limosneando de acá para allá y llorando por las esquinas, total, para acabar saliendo por la puerta trasera al callejón, que supondrá la convocatoria de las próximas Legislativas anticipadas a modo de segunda vuelta.

El gran perdedor —no únicamente a raíz del Comité Federal del partido ya de la Omaita Susana Díaz y sus mariachi, palmeros, lolailos y agradaores— por anticipado: Sánchez Pérez-Castejón, Pedro. Este cadáver político, por fortuna para todos los españoles de bien y de orden, no se saldrá con la nuestra, por el concurso-oposición de las Baronías socialistas asturiana, andaluza, castellano-manchega, extremeña y valenciana, la vieja guardia (Rodríguez Ibarra, Guerra, González, Leguina y Corcuera) y la nueva celada (Madina y Díaz), y por Ada Colau (que ya podría incluso concurrir en solitario con su nuevo chiringuito en unas próximas Generales).

He empezado por la anécdota y quería ir a la categoría. Perdón.

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Con todo y con ello, la democracia representativa es —o debería serlo, perdón por la desiderata— más rica, mucho más, que la mera repetición de elecciones y de la subsiguiente —entonces sí— formación de Gobierno; hasta esta undécima Legislatura, formados con rapidez, no como ahora, tan negociada, chalaneada, egoica y parsimoniosa (esto último por culpa del insomne o sonámbulo estafermo okupa de La Moncloa, Mariano Rajoy, que, todo parece indicar, va a seguir disfrutando de su palaciega estancia en La Moncloa entre medio y un año de más), que requerirá la repetición de los comicios entre el equinoccio de primavera y el solsticio de verano, o, en el peor de los casos para nuestra economía, entre el equinoccio otoñal y el solsticio de invierno. Comicios cuyo patrón seguirá, presumiblemente, el modelo ideal de elector racional, que administra calculadamente su voto, y que no querrá —supongo— perderlo entregándolo en almoneda para repetir el atasco actual salido de las urnas el 20-D.

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Gracias a Dios no va a prosperar el pacto a la lusa de las izquierdas ésas (PSOE & Podemos & IU), y, por desgracia —aunque, no hay mal que por bien no venga— para Ciudadanos, no creo que se pueda matematizar el pacto planteado ése entre el defenestrado PSOE de Sánchez y C’s. Cualquier coalición o pacto de investidura entre ambas formaciones necesitaría más síes que noes. La unión entre socialistas y ciudadanos sólo saldría adelante con el apoyo o la abstención del Partido Popular —que presumo no hará ni lo uno ni lo otro— o de Podemos, pero, ya se sabe que en un país —todavía cainita y fratricida— como las Españas, esa inhibición desinteresada o muestra de generosidad no es posible. Además, términos en estrictos de aritmética política es más fácil que Rajoy y Sánchez se den un morreo que les salgan los números a éste último y a Albert Rivera (que es lógico no quiera vérselas anticipadamente con las urnas durante 2016). La aritmética no engaña: Los veinticinco (25) diputados nacionalistas soberanistas y secesionistas y los dos (2) comunistas, más los ciento veintitrés populares sumarían ciento cincuenta (150) noes, frente a esos ciento cuarenta (140) síes. Y los cuarenta y dos (42) anti-constitucionalistas de Podemos y sus veintisiete (27) diputados de la confluencia con En Marea, En Comú Podem y Compromís-Podemos-Es el Moment (con nueve [9] diputados catalanistas “valencianos” defensores de els Països Catalans, varios nacionalistas gallegos de Anova y catalanes reivindicadores de un referéndum vinculante de autodeterminación de Cataluña con respecto al Estado español), me extrañaría que se abstuvieran y, mucho menos, apoyaran la investidura de un Gobierno formado por el PSOE y el constitucionalista y anti-nacionalista C’s. No me salen los números.

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Y ya de la gran coalición ésa, mejor ni hablamos para no seguir haciendo de España el hazmerreír de Europa, dado que nuestra joven democracia no es aún tan consociativa ni pactista, como sí una democracia de alternancia u oposición, frente a la que, dicho sea de paso, no creo tengamos mejor remedio por nuestro lastrante y castrante pasado político, y por el futuro color hormiga venezolana que se nos podría venir encima.

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Les confieso que, hasta la celebración del Comité Federal de los socialistos (los más) y los sociatontos (Sánchez, Iceta y algún mochuelo despistado más), creía que las Generales se celebrarían el domingo 29 de mayo (celebración cristiano-católica del Corpus Christi), y que después de escuchar la Palabra, en la Misa de las Doce del mediodía, iría a mi colegio electoral a votar a mi partido de afiliación. La lectura telegráfica que se podría hacer del mismo es la siguiente: Desgastan —con la quijotada de la investidura frustrada con C’s— al cantamañanas de Sánchez hasta mayo (entre los días 8 —Primarias para elegir Secretario General— y 21 y 22 —Congreso Federal de ratificación de la nueva dirigente— lo terminan de finiquitar), y la sanchopanzesca Susana Díaz, erigida, en olor de multitudes, en flamante candidata del PSOE para concurrir a las elecciones de junio u otoño.

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Y como ya se están haciendo sondeos prospectivos con el fin de intentar adivinar cuál será el resultado que salga de las urnas, ese primaveral u otoñal domingo. Voy a dar mi pronóstico electoral.

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El PP, me temo que, no sólo le va a hurtar entre seiscientos cincuenta mil y un millón de votos a C’s, sino que, a su vez, sumará algo de los indecisos y abstencionistas que no le votaron en las pasadas elecciones (mínimo trescientos mil votantes adicionales). Por tanto, podría llegar hasta entre un millón y un millón trescientos mil votos más que los obtenidos el 20-D. En relación a porcentajes, pienso que obtendrá, como mínimo, un 31,28% de los sufragios válidos (7.860.000 votos, con una traducción a escaños de entre 140 y 142). Situándose, posiblemente, en un 32,65% (8.200.000 votos y entre 151 y 153 escaños); e, incluso, y con mucha fortuna, pudiendo alcanzar un 33,84% (8.500.000 votos y entre 156-158 escaños). Hay que tener en cuenta que porcentajes de entre 32 y 33 por ciento suponen un aumento en la ratio votos-escaños de un 120 por mil (eso significa, en román paladino, que cincuenta votos populares valdrán como, respectivamente, sesenta socialistas y podemitas).

En relación a C’s, va a resultar complicadísimo superar los tres millones de votantes, si es que siquiera se llega a esa cifra. Eso supondría un 11,94% y 30 ó 31 escaños (que, por cierto, no sería un mal resultado). Aunque, lo más plausible es que nos vayamos a mover en el entorno del 11% (2.850.000 votos y alrededor de 28 escaños), teniendo como suelo electoral los dos millones y medio de votos (9% y entre 17 y 19 escaños, y un pobre ratio de 50 por mil, significando, en tal supuesto, que C’s necesitaría el doble de votos que PSOE y Podemos para obtener lo mismo que ellos por separado).

Con estos porcentajes y escaños en mi bola de cristal, veo que sí podrían conseguir, entre ambas formaciones de centro-derecha y centro, esa mayoría absoluta de 176 escaños.

En lo que respecta a El Corral de la Pacheca del PSOE, entiendo que cuenta con un electorado más serio, leal y maduro que sus dirigentes, y no dado a bandazos ni a atender los cantos de sirena de Pablo Iglesias y toda la caterva estrambótica ésa. Ergo, y contando con la erosión que le haya podido ocasionar su cabeza de turco, no creo que pierdan más de seis escaños en su bancada, quedando su horquilla entre 84 y 89 diputados.

Y tampoco considero que los casi un millón de votantes comunistas de Izquierda Unida abandonen a ésta para votar a Podemos, a no ser que vayan en comandita; en ese caso me callo, si bien no creo prospere tal coalición electoral, qué superaría con creces al PSOE (pudiendo rozar los 100 diputados). Un Podemos, por cierto, cada día más rehén de sus extravagantes compañeros de coalición, a los que no les votará mucha más gente que la que les votara el 20-D; exceptuando los que durante este año alcancen la mayoría de edad legal —que no, mental— (y que ya podrán estrenarse en las urnas ataviados con el ridículo pañuelito palestino o el look perroflauta u okupa de diseño), a algún pirado adicional o socialista marxista anclado en el 1977, no pasando, caso de volver a concurrir todo ese mismo chapapote electoral, de 74 ó 75 escaños a lo sumo.

Repitiendo los secesionistas y nacionalistas periféricos vasquistas y catalanistas, y los regionalistas canarios, el mismo resultado pasado.

Eso ha sido todo electores y votantes, amigos, enemigos y compañeros de partido, hermanos e hijos de los equinoccios y los solsticios.

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Ramón Guillén para Ciudadanía10

Post scriptum (3/02/2016): Atendiendo a los artículos 99.5 y 68.6 de la Constitución Española, al artículo 42.2 de la Ley Electoral (LOREG), y al plazo aproximado de un mes marcado por Sánchez para someterse a su supuesta investidura como Presidente del Gobierno de España, tendríamos Generales entre la primera semana de Junio y la primera de Julio; barajándose -siguiendo a la LOREG- ya la fecha del domingo 26 de junio (San Pelayo).

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Cabeza de jíbaros, el petróleo ciudadano de La Lora y “un día entre abril y junio”

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Jíbaros: Grupo étnico del alto Amazonas. Cazadores de cabezas humanas; las reducen de tamaño, sin alterar su aspecto, y las consideran trofeos de guerra.

En Madrid, capital —todavía— del Reino de España, se puede contemplar una cabeza humana reducida procedente de una tribu de indios jíbaros del Ecuador amazónico.

Valdeajos de la Lora y Ayoluengo de la Lora (integradas, la pedanía y la localidad, al Ayuntamiento de Sargentes de la Lora, cuyo resultado en las elecciones generales del 20-D fue el siguiente: PP 59,38%, PSOE 14,58%, PDS 12,50%, C’s 8,33%)

San Felices del Rudrón (pueblo integrado en el Ayuntamiento de Tubilla del Agua: PP 54,74%, PSOE 14,74%, PDS 11,58%, C’s 8,42%)

Quedaos/quédense con los resultados obtenidos en estos pueblecitos petrolíferos de La Lora de la comarca burgalesa de Páramos, en Castilla La Vieja.

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Vamos al lío, si os/les parece. Leí un sondeo electoral realizado (Invymark) dos días después del 20-D, que preguntaba si el encuestado cambiaría de voto si se repiten las Generales: “Si se celebrasen esas elecciones anticipadas, ¿usted mantendría su voto, el voto realizado en las elecciones del 20 de diciembre, o lo cambiaría? Y ya un 15% (525.000 votantes) de los electores que votaron a Ciudadanos, ya no lo harían.

Personalmente, no creo que C’s pierda menos de seiscientos cincuenta mil, ni más de un millón de votantes, ni que baje de diecinueve ni pase de treinta escaños (9-12%). Luego, lejos de renovar su resultado de cuarenta diputados (3.500.446 votos / 13,93%), y, aunque, afortunadamente, no se jibarizaría tanto como para reducir su presencia en el Congreso de los Diputados, hasta unos exiguos seis diputados (como mostraba una apocalíptica y sesgada proyección de Mediaset vista en las noticias de la Cuatro, con una fuga —más bien, un éxodo— del 70% de los votantes de C’s al PP, quedándose reducido a sólo el 4,1% de los votos), sí parece que sufriría un duro varapalo jíbaro, si se celebrasen esas elecciones anticipadas a modo de “segunda vuelta” estilo galo.

Este autor, en calidad de mero afiliado —con criterio y sin seguidismo— de la formación presidida por Albert Rivera, y tras el agridulce e insatisfactorio resultado salido de las urnas la noche de autos del 20-D, y una vez oídas, vistas y leídas las autocomplacientes declaraciones postelectorales, echo a faltar la apertura de un proceso participativo de reflexión, análisis, decantación —y depuración— de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Nadie, excepto el director de la campaña José Manuel Villegas, reconoce errores, nadie —excepto él— habla de cambiar ciertas cosas —y a ciertas personas/cargos— para mejorar un resultado, que saliendo de unas urnas en primavera, y no alterándose —ni depurándose— nada, orgánica ni institucionalmente, sería aún peor.

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Como idea, no estaría mal comenzar a contar con la participación de aquéllos y aquéllas, que —durante una campaña incesante que no paró desde la de las Municipales/Autonómicas— fueron apoderados en los colegios, repartidores de propaganda, prescriptores a pie de calle y de carpa, y llenaron enfervorizadamente aforos en los mítines. Pero, a sumar para algo más que eso.

Volvamos al Páramo de La Lora, y extrapolemos resultados de los partidos emergentes a otras zonas rurales de nuestra querida España. ¿Cuántos diputados obtuvo —y obtendrá— C’s en las regiones de Extremadura, Navarra, La Rioja, Galicia, Cantabria, Asturias o Aragón? ¿Y cuántos obtuvo —y obtendrá— Podemos en las de Castilla La Mancha y Castilla La Vieja y León? Estos partidos sufrieron el 20-D, y volverán a padecer la próxima primavera, la sobrerrepresentación del voto rural y tradicional a costo del voto urbano e industrial; que da buena cuenta de la intrínseca desigualdad estructural del voto y la elevada desproporcionalidad en la relación votos-escaños según el porcentaje de votos válidos totales. Perfil de proporcionalidad de nuestro mayoritario y desproporcional sistema electoral, común a los países con regla de reparto de escaños D’Hondt, con primas sistemáticas y elevadas a los que superan el 20% de los votos (casos del PP y PSOE), y con castigos, también constantes y cuantiosos, a los que no llegan al 15% (casos de C’s —y Podemos, si no se hubiese valido de las candidaturas de confluencia—), y laminando a aquellos que no superen el 10% (caso más que probable de C’s en esa previsible “segunda vuelta”). El perfil de curva de proporcionalidad/ desproporcionalidad corresponde al de la que Rein Taagepera y Mathew F. Shugart (Seats and votes. The effects and determinants of electoral systems, New Haven: Yale University Press, 1990) denominan late rise; y que mostró como nueve votos al PP valieron como diez al PSOE, o mostraría que once votos para Podemos valdrán como veinte a C’s.

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Así mismo, el efecto de la magnitud de las circunscripciones (coincidentes con las provincias de la España rural y tradicional) con menos de seis escaños (uno a cinco) a repartir, resultó —y volverá a resultar— un freno a las aspiraciones electorales de los naranjitos y los nazarenos. Además, en esa segunda vuelta, sin duda, funcionarán —en las cincuenta y dos circunscripciones— el voto “útil” (PP Vs. C’s), el del “miedo” (“¡Qué viene el lobo!” de Podemos), y el “estratégico” (no seguir interfiriendo en el proceso de recuperación económica y crecimiento en la generación de empleo, y poner freno a la incertidumbre mostrada por los mercados financieros e inversores autóctonos y foráneos, desde el escenario de inestabilidad iniciado tras el 20-D.)

Lo que está claro, como el agua clara —y oscuro, como el petróleo burgalés—, es que a los electores españoles nos volverán a convocar a las urnas antes del verano, puesto que nadie va a ser capaz de sacar adelante pacto alguno (ni para un gobierno “a la portuguesa”, ni “a la italiana” de salvación/concentración nacional basado en el modelo italiano de Carlo Azeglio Ciampi), para elegir presidente del Ejecutivo. Vamos, irremisible e irremediablemente, a unas Legislativas “un día entre abril y junio” (como reza la letra de la bella canción “Te regalo una rosa” del bueno de Juan Luis Guerra).

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A lo mejor, y por la cuenta que nos trae en mi partido, va y tiene razón mi padre, y no sólo no nos quedaremos en cabeza de jíbaros, quedándonos a camino entre la periclitada UPyD de Rosa Díez y el extinto CDS de Adolfo Suárez, sino que superaríamos los actuales cuarenta diputados, birlando por babor escaños al PSOE en horas bajísimas de Pedro Sánchez, “torpedeando desde el centro de la derecha a la izquierda del centro”.

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Veremos. Ja vorem. Vediamo

Ramón Guillén para Ciudadanía10

Post scriptum (21/01/2016): Si al final de la corrida, Pedro Sánchez se sale con la suya/nuestra, sin la oposición de las Baronías socialistas asturiana, andaluza, extremeña y valenciana, y de Ada Colau; y no se celebra la segunda vuelta de las Generales entre el equinoccio primaveral y el solsticio de verano, la fugaz y meteórica undécima legislatura concluirá entre el equinoccio otoñal y el solsticio de invierno, cuando ya, sí o sí, se convocarían las próximas elecciones Legislativas. Con todo (hasta con los derechistas PNV y Coalición Canaria) y con ello (toda esa amalgama o patulea anti-constitucionalista y antisistema ecocomunista de: Iniciativa per Catalunya, Esquerda Unida i Alternativa, Equo, ANOVA, Gent de CompromisVerds-Equo del País Valencià, Iniciativa del Poble Valencià, Bloc Nacionalista Valencià y el Podemos ése (Barcelona en Comú) Condal del animal político okupa), este autor sigue pensando en el calendario de Juan Luis Guerra y en la primera cuenta del Rosario de la Aurora comenzado a rezar por Joan Baldoví.

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Posibilismo, Ciudadanía y Política…: ¿Chaqueterismo?

La otra tarde-noche, en los prolegómenos de un mitin de campaña de Ciudadanos, estaba uno por el vestíbulo zascandileando por allí y haciendo cola para entrar al salón de actos, cuando se le acercó un tipo oscuro señalando en público al que esto les escribe, como ex afiliado de otra formación política ya caída en desgracia y acabada. No fue la primera, ni presumo la última, vez que se me intenta hacer la que le hicieron a Simón Pedro en aquel atrio, por alguna de las criadas y custodios de los sumos sacerdotes de turno: Negar hasta tres veces tres mis dos partidos anteriores de afiliación y militancia, como si se tratase de un pecado cambiar en la vida de formación; ni a imprecar ni jurar: “No conozco a tal partido” con sonido de gallo de fondo, porque tampoco lloré amargamente el día que decidí abandonarlos a su fortuna, no considerando a ninguno como El Salvador de la Patria.

Y yo me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto poner a nuestro servicio los partidos, y no únicamente estar al servicio —a cadena perpetua— de los mismos? ¿Por qué están tan mal visto cambiar de partido político en un sistema, supuestamente, democrático? En este sentido, y sentir, entiendo que cualquier ciudadano puede —y, a veces, debe— cambiar de partido, sin cambiar necesariamente de ideas, ni de valores, ni de principios (como también y tan bien hizo Sir Winston Churchill), como de hecho cambiamos de residencia, empleo, empresa, estudios, amigos, coche, mujer, e, incluso, credo o nacionalidad. Si, además, uno posee una enorme capacidad crítica, todo lo pondrá en tela de juicio, entonces, no es de extrañar que uno viva inmerso en las procelosas aguas de una casi “cadena perpetua revisable” o del tormento chino de una insatisfacción permanente en materia política.

¿Chaqueterismo? No. Posibilismo, que no es más (ni menos) que observar la inteligente máxima jesuítica: “Arar con los bueyes que se tienen”. Posibilista no significa ni acomodaticio, ni, mucho menos, chaquetero. Como maldicen las malas gentes maledicentes que no perdonan que otros no sean o se comporten como unos radicales burros con orejeras, incapaces de evolucionar vital y políticamente.

Posibilistas fueron Segismundo Moret, José Canalejas, Eugenio Montero Ríos y Emilio Castelar y Ripoll (por cierto, hijo de alicantinos). Incluso hubo un Partido Posibilista (Partido Demócrata Posibilista, 1879; el nombre que adoptara el republicano Partido Demócrata fundado por Emilio Castelar). Este último, prócer de los republicanos “posibilistas” que aspiraban a democratizar el régimen político desde dentro del sistema. A él/ellos le debemos los españoles la Ley del Jurado, el sufragio universal y la abolición de la esclavitud. Éstos transitaron desde los estertores del reinado de Isabel II, hasta el de su hijo Alfonso XII, pasando por las Cortes Constituyentes, por el reinado de Amadeo de Saboya y por la Primera República Española.Desde el unitarismo monárquico hasta el republicanismo federal y el unitarista de Nicolás Salmerón, y vuelta al primero. Nota curiosa, menos Canalejas y el Borbón, todos ellos fueron hermanos masones.

Sin ir más lejos, posibilista —en el mejor sentido del término— sería tanto el propio Albert Rivera, como buena parte del electorado, militancia, cuadros y cargos orgánicos e institucionales de C’s. Otrora, en sus mocedades, el actual Presidente de la formación naranja, votó al PSC, al PP (donde estuvo afiliado y militando en sus Nuevas Generaciones), e, incluso, a CiU (cfr.“Alternativa Naranja”, Debate, 2015, de los periodistas José Mª Albert de Paco e Iñaki Ellakuria).

¿A qué tanto escándalo? Los partidos nacen, crecen, decrecen y mueren. El Partido Popular desaparecerá algún día, como en su día desapareció la UCD. Como desaparecerá C’s, tal y como desapareció el CDS, y como desaparecieran esos partidos posibilistas de Castelar y sus hermanos de compañía. Como desapareceremos nosotros mismos y vendrán otros que bueno harán hasta al apuntador. Por eso creo que no hay que casarse con ninguno, y sí mantener un profiláctico amancebamiento y relación instrumental de conveniencia, con todos aquellos que respondan a nuestras más acendradas convicciones.

Pienso que ni la Política, ni los partidos, ni los políticos han de permanecer inconmovibles. Hay que moverse hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo. Ahora caliente, ahora frío. Sin caer uno por ello en el relativismo, ni el nihilismo, ni en la nauseabunda tibieza. Un político nunca debe aferrarse a una única y precisa idea: Debe ser elástico. De lo contrario desemboca en el monólogo, en el fanatismo, en el dogmatismo. La Política significa, de por sí, movimiento y posibilidad: Un político, un ciudadano, debe ser móvil y posibilista. Debe ondear de la izquierda a la derecha, debe poner sobre la mesa contradicciones y dudas. Debe cambiar continuamente, probar, atacar por todos los lados hasta encontrar el punto débil del adversario (que no, enemigo) y acabar políticamente con él, dentro de la observancia de las reglas de juego democráticas y del Estado de Derecho.

Reflexión dedicada a todos aquellos maledicentes que critican a los ciudadanos que hemos cambiado de partido en nuestras vidas, en términos aristotélicos de zoones politikones.

Ramón Guillén para Ciudadanía10